sábado, 21 de diciembre de 2013

Complicidad

Uno espera que la existencia sea un trabajo en equipo. Lo aguardamos incluso cuando vivimos aspectos sustancialmente particulares o individualistas. No hay nada más loable que el quehacer que se consigue con la suma de esfuerzos, que la tarea que lleva consigo el entender al otro, esto es, el sumar desde la afición y el complemento alternativo de pareceres y hechos.

La actuación en grupo nos da vehemencia, nos anima a tirar hacia delante con bríos y brillo, aportando ventajas y dejando postergados los inconvenientes que se pudieran suceder. Hemos de provocar la faena en comandita por cuanto implica mejores frutos. Los resultados del acontecer diario nos conducen a puertos más cuantiosos y cualitativos cuando se trata de un impulso colectivo que nos otorga el viajar más lejos.


Implicarnos en lo que nos merece la pena, en lo que nos introduce como modelo o sistema en una dinámica de trayectoria provechosa ha de ser una máxima con la que nos convenzamos de que el porvenir se proyecta desde el aprovisionamiento en comandita. Debemos buscar aliados en toda opción de vida, incluso cuando ésta viene de manera sencilla o cuando nos sentimos suficientes en su resolución. No es una cuestión de energías sino de empatías.


Estar solo no es bueno. El Quijote se volvió loco por no relacionarse con nadie, excepto consigo mismo. No han vendido que fue por la lectura, pero realmente fue por una falta de socialización efectiva. Necesitamos vivir en sociedad, compartir experiencias, deambular entre éxitos y fracasos propios y ajenos, experimentarnos parte de un destino desde un presente que cumpla las expectativas. Para que éstas sean palpables nos hemos de poner de acuerdo. Nada crucial (siempre hay excepciones, claro) se ha conseguido en soledad. Lo global tiene, asimismo, más permanencia en el tiempo. El contexto es un sólido cimiento.

Entiendo que parte de la crisis, toda ella quizás, se deba a miradas sin la suficiente complicidad, por no decir que a menudo son excesivamente antagónicas. Las debería haber (esas ópticas solidarias) en educación, en sanidad, en cultura, en los usos, en la economía…, y no para homogeneizar, sino para dar con parámetros que nos embarcaran en esa nave de la confianza sin la cual no podemos presentarnos en un buen puerto. Las tempestades son inevitables, pero la actitud ante ellas la ponemos nosotros.

Perspectiva societaria

No mirar con perspectiva de compañerismo es una equivocación que se paga caro. Antes o después llega la incapacidad o la imposibilidad de abocarnos a soluciones que precisamos y que no podemos postergar. Entonces nos damos cuenta del error de no consensuar, de no pactar. La cesión es un concepto muy comunicativo que nos define como seres humanos. La prepotencia, la hegemonía, con seguridad supone soledad. Buscar entre iguales es conseguir esa paridad que anhelaba y defendía Ortega y Gasset.

El mundo se ha vuelto complejo por no mirar a la cara, por no interpretar en el vecino sus ademanes y fines, por no compatibilizar peculiaridades en un estadio de penitencias y de distancias que hemos de solventar como una oportunidad imperiosa. No olvidemos tampoco el buen sabor, el placer, que nos regala la ocasión de ayudar y de ser ayudados, fundamentalmente cuando se trata de coyunturas inesperadas o no solicitadas.
La naturalidad y la espontaneidad en positivo son instrumentos poderosos para una sociedad que precisa reciclaje, concordia y óptimos objetivos. La suma de las partes, y no aludimos a pura matemática, siempre supone un resultado mayor, además de las dosis de dicha y de justicia que brindan imponderables que, precisamente por eso, ostentan una más alta significación y valor.

Juan TOMÁS FRUTOS.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Paisaje de Navidad

Me paseo una tarde cualquiera, de éstas que empiezan a empañarse con humedades después de una luz de día tan excelente, propia de nuestro Sur, y veo el paisaje, tan propio, de la Navidad. Advierto, en mi singladura, gentes que vuelven a casa tras una larga jornada pensando en cómo les ha ido, en lo que han tenido, en sus pequeños éxitos y fracasos aderezados de ausencias, de objetivos y de carencias, de ventajas e inconvenientes, con un poco de todo a cuestas.

También observo a quienes ocupan las últimas horas para hacer compras, desde lo más rutinario y elemental, como puede ser la alimentación, hasta lo más coqueto, como es la adquisición de ropa o de enseres complementarios para nuestros especiales hábitos de estas fechas. Puede que se trate de complejos o de sencillos caprichos que elegimos en un momento sin nombre. No siempre se debe esperar una efeméride adecuada.

Los hay, por las calles, que van y que vuelven, y también aparecen los que no tienen dónde ir. Son personas que viven al raso, o que se procuran un techo, si pueden, por una noche, no más. Andan con el frío y el cansancio a cuestas, con la necesidad del calor del hogar y de una ducha caliente, además de una buena cena, como escribí un día pensando en ellos. Siguen ahí, aunque sean otros, que quizá en muchos casos sean los mismos.

Hay rostros preocupados. A otros se les ve contentos. Las caras reflejan la feria de cada cual: son el espejo del alma, que subrayó el poeta. Unos miran para abajo, hastiados, y otros al frente en busca del mundo, con visiones de futuro, o persiguiéndolo con más o menos fortuna. Detectamos, igualmente, pasos tranquilos, mientras otros deambulan con más premura. Para muchos el tiempo es demasiado escaso: o éste se contrae, se apuntan, o probablemente afrontan un exceso de actividades. No hay término medio.

Sigo mi periplo, y oteo a un grupo de jóvenes que gritan y saltan. Es Navidad, y hay que ser joviales (en realidad, todo el año). Me alegra pensar que ellos lo son en cualquier momento. Saben vivir. La existencia juega a su favor, y me encanta. Confío en que maduren bien. Asimismo, me cruzo con parejas de enamorados, éstas de varias edades, que se saben alegres por la fortuna de hallar y de compartir el cariño. Les deseo suerte y capacidad para fomentarlo, esto es, para mantenerlo dinámico, vivo.

Gentes para todo

Por otro lado, se presentan inevitables los que, pese a las horas, compran y venden el mundo. No saben hacer otra cosa. No tienen tiempo de leer la belleza del universo, que está en los libros, y en la vida misma. No se encuentran con los tozudos eventos. Caminan dando tumbos y procurando beneficios estériles, además de estar sometidos a las veleidades de las crisis.  Por eso, deberían confesarse, hay que ser moderados en la búsqueda de beneficios, porque éstos son cíclicos, al contrario que el conocimiento, que se extiende como los océanos. Estos incongruentes locos, no obstante, acentúan sus singladuras financieras y economicistas. Debe haber gente para todo. Ya verán la luz.

Como quiera que la sociedad es plural, nos encontramos con todo un elenco de opciones, de ciudadanos y ciudadanas, de posibilidades personales, que reflejan y representan la radiografía de lo humano en todas sus variables.

Hay, sin embargo, gentes que nos causan cierta sensación positiva por el encanto de la belleza interior que brindan, que irradian. Se les nota en contacto con su ecosistema, en equilibrio, intentando aprender y contextualizar lo que saben, siendo solidarios con sus entornos. No llevan prisa, pero tampoco ceden ni paran, sino más bien atienden, escuchan, reflexionan y comparten el buen sabor de un té o una taza de café. Aprecian lo sencillo y huyen de lo complicado, que nos rompe en causas inútiles.

Poseen el punto de madurez de la experiencia, y alcanzan la sabiduría de rodearse de amigos, de los verdaderos, de los justos. Los miras, cuando pasas a su lado, y los imaginas con una aureola especial. No sé si la tienen, pero la percibo. Debe ser por la dicha que subjetivamente pretendemos en Navidad, y que seguramente ellos y ellas saborean todo el año.

No atino a resaltar si son elucubraciones mías, pero, en este cosmos hundido profundamente en la crisis, me ha dado por contemplar específicamente lo que en cualquier situación de marea es lo más relevante: el ser humano como medida de todas las cosas. Eso ya lo decían los griegos de la Antigüedad. Me doy cuenta de que esta lucha interna por tocar lo que merece la pena y a las personas adecuadas por su actitud no es nueva. Intentaré, por ende, llevar las gafas de la Navidad todo el año.

Juan TOMÁS FRUTOS.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Intereses

Estamos en un eterno juego de intereses. Esto no es ni bueno ni malo. Todo depende de la perspectiva o de la óptica que impriman nuestros movimientos, actuaciones o pensamientos en esa persecución. Lo del punto intermedio como virtud, que tanto repetía Aristóteles, constituye una verdad con la que laborar. Mediemos.

Obviamente debemos tener interés en estudiar, en saber más, en conocer otros mundos, en tener un trabajo en condiciones, en prosperar, en salir adelante… Parece lícito que nos mueva ese “cupiditas” (sentimiento), que nos puede desplazar a una mayor velocidad y con un más alto poderío. No es reprochable que uno quiera evolucionar y progresar, pero el consejo es evitar sobresaltos.

Lo que no nos vale es esa frase de aquellas autoridades medievales que señalaban que “el fin justificaba los medios”, pues tanto los objetivos como los instrumentos utilizados pueden ser ofensivos y demasiado peligrosos en lo individual y hasta en lo social. El interés, entendemos, no debe ser tan elevado que paguemos un coste aborrecible. Nos valdría incluso como ejemplo el referido a las cuestiones financieras: no debe sobrepasar, la cuota abonada a un banco, un régimen de cierta normalidad.

Estas reflexiones se presentan por el hecho de ver que los entornos se llenan de intereses que no siempre tienen la buena intención que nos gustaría. Hay supuestas amistades que se empeñan en sacar partido a cualquiera de sus relaciones en un proceso que parece no tener fin, lo cual aboca a un compromiso imposible de afrontar.

Buscar la equidistancia entre nuestros propósitos y pronósticos desde la moderación suficiente para aportar dosis proporcionadas de espíritus y de razones puede ser una buena estrategia. Pongamos cercanías y distancias, según proceda, entre las metas cuando éstas sean individuales, para que a la postre no nos perjudiquen y para que nos den esa incardinación societaria que nos regala dicha suprema.

Escuchar a los demás también contribuye a vislumbrar nuestros intereses en función del sistema social. No son ni mejores ni peores: son los nuestros, y por eso han de complementarse, fundamentalmente si queremos que se prolonguen en el tiempo. Ser proactivos está genial, siempre que no rompamos las fichas del juego mancomunado. Meditar sobre lo que desarrollamos y acerca de lo que realizan los otros es un punto extraordinario en la búsqueda de lo anhelado.

Avanzar sin dañar a nadie

Es obvio que sin intereses no se ha transformado la sociedad. Incluso la naturaleza humana es sabia, y se producen vaivenes que corrigen cualquier desmedida o exceso. En paralelo parece deseable que pongamos la cabeza oportuna para no dañar ni generar pena mientras vamos hacia el porvenir que ha de gestarse con flores esbeltas en vez de marchitas o rotas por la virulencia de un determinado proceder. No es cuestión de ganar horas aceleradamente sacrificando cuanto surja en nuestro camino.

Parte de la crisis actual, como se suele repetir, es por el derrumbe de valores sociales a causa de los intereses individuales. El egoísmo, entendible hasta cierto punto, nunca justificable, es la base de tantos tropiezos y vueltas a comenzar. Los países, las Administraciones, los mejor situados, los que están arriba del todo, las grandes entidades, los fuertes, los que aspiran a serlo, los que quieren sin saber por qué, los que pierden sin motivos o con ellos, los excesivamente valientes, los cobardes, los que son o aspiran a ser en función de cargos y responsabilidades, los que no palpan básicamente la vida… se empeñan en superar barreras para colocar y colocarse otras en lo inmediato, en lo que nos podría dar la felicidad de un modo sencillo. Luego la historia pasa, y no siempre nos otorga nuevas oportunidades.

Sin duda, el mayor interés debería ser la paz, la justicia social, el reequilibrio en la ciudadanía, así como el quehacer unánime por los más débiles, esto es, el objetivo primordial debería ser estar bien, como nos confesaba el recordado Paco Rabal en su genial película Pajarico. La existencia no es más, ni menos, claro. Pretendamos lo bueno, y todo lo demás se derivará en el porcentaje que nos toque.

Juan TOMÁS FRUTOS.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Naturaleza

No es fácil definir en el día a día, en lo cotidiano, la naturaleza en la que nos movemos, pues son muchas las acepciones que podemos darle a este término, en el sentido de filosofía, de interioridad, de bases o principios, de elementos principales o  en relación subsidiaria al propio ecosistema en el que nos involucramos, que nos complace, distingue o desespera con requerimientos variados. Como percibimos, la comprensión puede ser dispar.

Nos destacaba Oscar Wilde, que sabía mucho de lo humano, que “ser natural es una pose demasiado difícil”. Nos oprimen, como nos subrayamos, las referencias sociales e históricas: esperamos lo mancomunadamente correcto, nos implicamos desde la negociación o la autocensura, actuamos en espacios ignotos que nos hacen relativizar todo y aguardar… En definitiva, tratamos de tantear antes de dejarnos conocer, para que no haya equívocos o apreciaciones erróneas en nuestro territorio, aunque a veces las hay (demasiadas quizás). Mi pregunta es: ¿somos tan peculiares para ponerlo todo tan difícil en las negociaciones, transacciones y relaciones humanas? Pues parece que sí. Reparemos en los resultados.

            El mundo, me reitera un amigo de honda espiritualidad, se ha vuelto muy complicado, incluso en lo más nimio, según me añade. Es verdad. Todo precisa mediaciones, explicaciones, contextualizaciones varias con el fin de llegar al mejor de los puertos, que nos ha de alimentar, debería, de bellezas internas y externas hasta alcanzar la resolución más interesante. Como consecuencia de ello, nos ralentizamos excesivamente. El tramo hasta la felicidad no está exento de avatares y de obstáculos, de caídas, de errores interpretativos, de disputas incluso, lo cual frena mucho el ritmo, el análisis, el consenso, puesto que cada cual, y es normal, tiene su esencia y su manera de vislumbrar el cosmos.

            La naturaleza humana es aparentemente descriptible. Somos materia, con un alto componente de agua, e interiormente nos constituimos en mente, corazón y espíritu, con las traslaciones que fuera menester realizar a propósito de esas partes. Esto, sin duda, es tan solo una semblanza. Acontece que la misma combinación, o la misma supuestamente, desemboca en resultados muy diferentes, y eso genera conflictos y miradas que no se traducen, por desgracia, en pactos sobre lo que habría de ser la estampa intrínseca de las cosas. Solemos repetir que confundimos lo importante, que mezclamos lo que nos conviene coyunturalmente.

            Cada naturaleza es una, sí, pero también hemos de tener en cuenta, a efectos de aprendizaje, que está en relación a los demás, y eso exige cohabitación y respeto. Tener empatía con los otros, con cuanto hacen, con las reglas en las que nos desarrollamos, es la base para seguir adelante, para vivir, para mejorar y abundar en los fines óptimos. Hemos de ponernos siempre en el lugar del convecino.

Buscar las esencias

            Como algo habitual, sería conveniente tomarnos unos minutos, con constancia y seguimiento, con coraje, con honor igualmente, para dar con el alma propia y la de los acompañantes, en la convicción de que podemos deleitarnos con los pronósticos, con la tarea realizada y con las ilusiones propias y ajenas. Cuajemos, por lo tanto, la mejor faena. Tenemos como indispensable baluarte para ello el lenguaje, el idioma, nuestra capacidad de hablar. Nos subrayaba Aristóteles que “la naturaleza no hace nada en vano, y, entre los animales, el hombre es el único que posee la palabra”. Toca pues usarla y comunicarnos, y hacerlo siempre para bien y fermento social. El silencio nunca es rentable, y menos en situaciones de crisis como la actual.

Lo primero que deberíamos proteger es la naturaleza en la que nos hallamos, nuestro medio ambiente, lo que somos en el contexto real, que debe ser preservado para las generaciones venideras. Enganchar con nuestra organización es un cimiento crucial para el porvenir por el que hemos de pugnar. Debemos laborar por una salubridad total, global. Víctor Hugo, que no siempre veía el lado amable de las historias humanas, resaltaba que “produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras que el género humano no escucha”.  De nuevo, aludimos a la naturaleza en el doble sentido, esto es, su origen y el entorno. Intentemos atender lo que nos glosa.

El deseo de la sociedad ha de ser, lo es, que vayamos descifrando cuanto tenemos alrededor para poder actuar de manera conveniente. Debemos buscar las claves, hallarlas, y protegerlas, siendo éstas en la apuesta colectiva. Según Galileo Galilei, "el libro de la naturaleza está escrito en lenguaje matemático." Para él parecía sencillo. Para el común de los mortales no lo es tanto. Procuremos darle la vuelta a esta óptica. Es necesario.

Juan TOMÁS FRUTOS.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Amores

Los años me han llevado al convencimiento, aunque, como en todo, puedo estar equivocado, de que los amores son variados, distintos, con perspectivas y consideraciones que nos hacen hablar de lo mismo, pero de diferente manera, y hasta en ocasiones nos referimos a conceptos dispares por la propia apreciación que cada cual hace de la estimación.

            Las ponderaciones y valoraciones son variopintas (cada uno es cada uno, que decía el artista), y eso nos lleva a contemplar los cariños como estructuras no siempre coincidentes. La vida, en su sencillez, alberga percepciones complejas. Lo que es más llamativo es que sea así con lo común, con lo que habría de ser un universal.

            Hay gentes que conocemos de toda la vida y que toda la vida nos ofrecen una cara que no siempre responde a nuestro entendimiento. Imagino que, cuando eso ocurre, no las queremos como son, porque las deseamos ver de otro modo, esto es, no como son realmente.

            La existencia es un intento de ir casando lo que aparece en ella, lo que nos regala, lo que tenemos, lo que se nos presta, lo que es…  Nuestro corazón y también nuestro intelecto nos conducen por interpretaciones y análisis que no comprenden en absoluto los amores de la misma guisa.

            Estoy seguro de que anhelamos más de lo que confesamos de palabra y con hechos. Lo que nos acontece es que nos enredamos en pequeñas texturas que no siempre nos impulsan. Más bien al contrario: nos paran.  Hay mucho miedo, demasiada inseguridad, para contextualizarnos.

            El motor que nos transporta tiene que ver con la felicidad, que es fruto del amor genuino. Cuando decimos que queremos y que no somos dichosos, algo pasa: o no amamos tanto, o estimamos mal. El cariño trae el equilibrio y la motivación suficientes para alcanzar la alegría. La ilusión precisa un ímpetu verdadero. Cuando no nos mostramos optimistas es porque nos hemos fallado en la apreciación o en la voluntad de mejoría.

            En este momento, en este mundo de bienes terrenales que contentan las llamadas necesidades básicas, es sorprendente que no seamos capaces de entregarnos con más energía y con resultados más provechosos. La balanza ha de tener otras medidas. Lo interesante no es poseer sino ser. El verdadero problema no es enunciar esto: hay que empaparnos de ello.

El dar multiplica

            Debemos pensar, porque es verdad, que el otorgar nos hace multiplicarnos. El que da, antes o después, recibe mucho más de lo que ha entregado. A todo ello hay que añadir la certeza de que somos más felices desde la solidaridad que guardando, fundamentalmente cuando reservamos lo que no vamos a disfrutar, lo que no empleamos.

            Una de las tareas cotidianas que hemos de emprender ha de ser la búsqueda del itinerario para afrontar la realidad del otro, de los demás, en la consideración de ser nosotros mismos, de poder estar, de ganar la partida del conjunto, en la mesura global, respetando los derechos de cada uno. Definamos, pues, el amor con peculiaridades buenas, límpidas, en pos de un engranaje lo más perfecto posible. Conocernos es, más que una obligación, una necesidad para aparecer despiertos ante los aconteceres diarios y, así, poder reaccionar bien, es decir, de la mejor manera.

            Cuando no aprendemos quiénes somos, por qué estamos aquí e incluso el para qué, solemos darnos sorpresas por confianzas erróneas en el prójimo, e incluso por una fe ciega en cuanto somos en relación a los demás (a menudo nos sobrevaloramos). El equilibrio, como en casi todo, nos oferta ganancias.

Juan TOMÁS FRUTOS.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Generosidad

Todo trance, todo trámite, todo camino que emprendamos, precisa de la generosidad de quienes anduvieron antes por ellos. Nos deberían explicar, los ancestros, qué les pasó, porque transcurrieron por ahí, y, asimismo, si hubo contrariedades, cómo las solventaron, porqué todo fue de un modo u otro… En definitiva, necesitamos de la experiencia de los predecesores, que nos demuestran que son en verdad hermosas personas si nos ayudan a cruzar el río aportando sus manos, en vez de tan sólo sus pétreas y distantes miradas.

El sentido del riesgo es voluble: depende de lo que hablemos, de quiénes y en qué contexto. Hay compañeros y compañeras de viaje que morirán vírgenes en lo que concierne a su capacidad de poner en cuestión lo que saben o lo que pueden confeccionar. Desarrollan tales rutinas todos los días que salir de ellas les es imposible. No existe voluntad, y lo demuestran, de contemplar al vecino realmente para ver en qué le pueden ayudar.

Cuesta dar, darnos incluso. Es algo que sabemos, pero, como todo buen hábito, cuando lo poseemos devuelve más que reclama. Debería haber una asignatura -Bueno, la hay: la de la existencia misma- que laborara en la dirección de la máxima entrega a cuantos nos rodean, conocidos o no. Eso supondría que brindáramos por ellos, fundamentalmente por los más jóvenes, con el fin de aportar transformaciones que nos ofrecieran las mejores mieles.

En estos modelos de caída de un sistema, de mutación, de esfuerzo colectivo complejo por la tan repetida y sufrida crisis, hemos de dar impulso a quienes han de recoger el testigo y demostrar que pueden contribuir decisivamente a la salida de esta situación en la que nos ubicamos. El afán, el empleo de energías en estos momentos tan decisivos, es básico. Hemos de movernos con altruismo, con altura de miras, y con el propósito de un desarrollo societario global.

Necesitamos apoyar a quienes vienen con sus mejores años e intenciones a construir ese porvenir del que todos nos aprovechamos. Los beneficios mancomunados son los que más sostienen a la sociedad, los que más perviven, los que tienen los anclajes precisos para tirar hacia el porvenir con impulso y consistencia.

Cada vez que experimentamos una etapa con obstáculos en nuestras vidas nos complace tener al lado a personas que son capaces de dar lo que nunca, o pocas veces, hemos sembrado en ellas. Pedimos, pues, lo que no siempre brindamos. Frente al egoísmo que no podemos o no queremos evitar está el altruismo de quienes son referencias, paladines, defensores de los bienes comunes.

Posturas conjuntas

La generación actual precisa de nuestras ideas, de nuestros criterios y razonamientos, de las manos más amigas posibles, de una ingente contribución para que no se repitan errores y no se caiga en hastíos y cansancios estériles. Hemos de poder en el conjunto y en lo individual desde comportamientos y hábitos fructíferos.

Reflexionemos y advirtamos que la generosidad deriva del amor. Sin éste nunca se dará aquella. La crisis demuestra que no hemos sembrado donde deberíamos, al tiempo que también nos otorga ejemplos maravillosos de armonía desde personas bondadosas y entregadas al prójimo y a todos aquellos que han de ser relevos naturales en nuestras existencias.

El mundo demanda mucha generosidad para salir de esta coyuntura de frenada, de arrastre y de opciones no trenzadas. El objetivo ha de ser localizar usos excelentes, mantenerlos y seguir en su fomento. Entiendo que no hay otro camino.

Juan TOMÁS FRUTOS.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Perplejidad

Estamos en un mundo donde la capacidad de sorpresa anda un poco tornada de dirección, casi sin norte: al parecer, el talento para generar perplejidad es cada vez más enorme. Estamos tolerando a gentes que son capaces de enseñarnos todos los días lo que no realizan ni por asomo. Es verdad, porque lo es, que quien escribe no es exponente de nada. Estar en la tabla del ciudadano normal es la mejor radiografía de mí mismo que puedo señalar.

No obstante, el problema surge cuando algunos se muestran como recetas de lo mágico, como ejemplos de vida, y no es que nos den modelos de actuación, que hasta ahí podría estar bien, sino que se constituyen y presentan a sí mismos como diáfanas caras de la más óptima moneda.

Algunos de los atrevidos estarían en ese tono de los ungidos por los dioses, pero otros, pese a su presunción, que no de inocencia, se hallarían lejos de ese concepto. Recuerdo que de pequeño escuchaba un cuento, que me repetía mi abuela, con moraleja y todo, donde una sartén le decía al cazo que se apartara por temor a que éste le tiznara. Llama a risa, pero una risa agridulce, el ver estas situaciones de cuando en cuando, o de mucho en mucho, en ecosistemas que deberían ser emblemas para la sociedad toda. También acontece en lo cercano.

Nos hace falta una transformación. Precisamos genes nuevos, personas con bríos que nos recuerden que el mundo es mundo porque los ciclos regeneran lo malo y potencian lo bueno. Las controversias se diluyen con el paso de las eras, que igualmente precisan mutaciones generacionales. Hay que saber dar el testigo.

Imagino que las prisas, los hábitos (mejores, regulares y peores), nos han conducido por inercias que debemos modificar. Hemos de fomentar otros usos, fundamentalmente porque es de sabios el ir hacia delante, esto es, fermentar lo humano desde la humildad y la sencillez, desde la consolidación de lo que merece la pena.

Modelos

Indudablemente, es difícil definir patrones. Lo es más catalogarlos, y puede que más mantenerlos. El universo de lo conocido y soñado se han mezclado tanto que es complejo destacar lo esencial de lo accesorio, aunque es un hecho evidente que nos hemos de esforzar para ello. En todo caso, hay que tener paciencia, mesura y altura de miras para no contemplar a los demás como si fueran menos que nosotros, porque es un principio democrático (de los fundamentales, por cierto) el que somos todos iguales. Conviene recordarlo para sostener la salud de la sociedad.

Lo que sí es un poco esperpéntico es cuando aparecen prototipos en nuestro territorio, el de todos,  a los que “les duele la cara de ser tan guapos”, que van sobrados, que son la excelencia misma personificada, que no hacen sufrir ni padecer, y que, además, son santones en vida que apuntan el camino del arreglo, del buen quehacer en definitiva. Los hay (santones), pero menos de los que dicen ser. Probablemente los que subrayan ser tan estupendos se quedan atrás respecto de los que, guardando o no silencio, sí efectúan obras que son amores entre sus seres queridos y/o conocidos. Glosa el refranero popular que siempre habla el que tiene por qué callar. A lo mejor parla por eso, porque “cata” más que el común de los mortales de aquello que suele denunciar. La vida es así.

Juan TOMÁS FRUTOS.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Perdón

El ser humano puede ser acusado, con razón y sin ella, de multitud de actitudes perniciosas, pero no podemos restarle la gran capacidad que tiene de adaptación y de perdón en su afán por seguir hacia delante. Siempre pensamos, y eso es genial, en una ocasión más, en una oportunidad añadida, en que podemos mejorar, reconciliarnos, apostar por el futuro en definitiva.

            Metemos la mata más de la cuenta, repetimos errores, nos enfrentamos por necedades o nimiedades, pero, en el fondo y en la forma, tenemos fe y fomentamos el anhelo de querer y de querernos por encima de todo en la convicción de que las circunstancias pueden mejorar, y, de hecho, con el paso de las diversas etapas, así es. Nos movemos hacia triunfos variopintos, y no hablo, en exclusiva, de visiones materiales o materialistas.  Por fortuna, mejoramos.

            En Legión, una obra excepcional, Gabriel como arcángel humanizado, destaca que es fácil enamorarse de los humanos, pese a sus contradicciones. Somos capaces de lo mejor y de lo peor (eso señala él, y es pura verdad). Lo relevante es que, en el acumulado de los años, queda esperanza y un magnifico quehacer. Hacemos posible y viable el porvenir ganando la partida a las eras difíciles.

            La mayoría de las religiones modernas, en lo que respecta a su lenguaje civil, aluden a la compasión, a la bondad, al amor y al perdón como base para una reconciliación sincera que nos conduzca por sendas de progreso, de equilibrio y de felicidad. Casar las actitudes e intereses es básico para afrontar el día a día con provecho.

            No es sencillo perdonar, porque cada cual, como dijo el filósofo, tiene sus condiciones propias, y éstas nos definen a la hora de tomar decisiones y de afrontar la existencia con una posición u otra. La generosidad es el cimiento de toda construcción colectiva, social, o entre individuos considerados como una relación de punto a punto, en régimen de igualdad. Sin una manera de comportarnos entregada a los demás no es factible el entendimiento.

            En esta época de conflictos que nos ha tocado, que nos toca, experimentar, podemos, podremos, superar la crisis actuando de buena fe, con ausencia de malicia, que se diría en la clásica película, buscando desde la mejor intención el avance del conjunto, esto es, los logros mancomunados. El coste de las malas interpretaciones y de los peores hechos es tan alto que no podemos consentirlo.

            Hay quien piensa que la auténtica meta está en provocar conflictos y en salir victoriosos de ellos. La historia nos subraya que pocos salen indemnes de las pugnas. Siempre persisten heridas y cicatrices, con las pérdidas de inocencias que ello supone. Vamos, con el transcurrir de los años, acumulando posos que, cuando son deficitarios, acaban pesando más de la cuenta.

Estímulos

            Hemos de bregar, pues, por las opciones que nos determinan desde las estructuras profundas y convertidas a través de la verdad en ese pasaporte hacia la dicha que nos recrea en situaciones dulces y estimulantes.  Las precisamos para la armonía que nos sana. El aroma ha de ser grato.

            Perdón no es exactamente olvidar. Si acaso, se trata de dejar atrás la carga de fractura, pero siempre teniendo presentes los posos de las experiencias, que tanto nos brindan, sobre todo el no repetir los errores al tenerlos en consideración. No rememorar alberga el peligro de volver a reiterar lo nefasto. El fin de nuestras existencias ha de ser el de progresar evitando los equívocos anteriores.

Debemos fomentar el entusiasmo y aminorar lo pésimo. Nos hemos de acostumbrar a subir los peldaños del consenso. Para eso, para conjurarnos en lo deseable, para dejar fuera de juego los malos instantes, para darnos confianza y beneficios, hemos de soslayar los enfrentamientos y los tropiezos desde la tarea de la conversión por lo humano. Imponer el perdón es un esfuerzo a medias, puesto que éste suele desarrollarse de una manera natural cuando lo hacemos aflorar desde vertientes refrescantes y unidas por la paz y la justicia. En ellas está el perdón, en este caso sí, como elemento sustancial y con mayúsculas. En esta crisis es buena parte del itinerario. Aguarda, indudablemente, un nuevo impulso.


Juan TOMÁS FRUTOS.

viernes, 25 de octubre de 2013

La felicidad, entre el ser y el tener

La felicidad viene siempre de una actitud: se consigue cuando aceptamos que las cosas son como son, que tenemos lo que tenemos, que la vida sigue su curso, a pesar de nuestra visión personal. Eso no quita el esfuerzo por la mutación, por el cambio, por la búsqueda de lo positivo. Cumplido el intento, incluso cuando tiene que ser reiterado, no podemos torturarnos por aquello que vemos cada jornada, o que sufrimos...

Es cierto que, a menudo, la suerte no viene de cara. La desgracia busca, de vez en cuando, nuestro nombre, y hasta se ceba con nosotros. Al menos, eso es lo que parece en esos instantes. Nunca pensamos que, puestos a elegir, si pudiéramos, hay males mayores, claro. La perfección no existe, ni siquiera por accidente. No obstante, en ocasiones, nos torturamos con el deseo de que se manifieste en nuestras existencias.

El ser humano, que es ambicioso por naturaleza, no siempre calcula, no siempre calculamos, lo que nos conviene, lo que podría ser aceptablemente deseable. No lo hacemos. Queremos más y más, y así nos arruinamos el particular devenir con molestias sin un sentido níveo. Es lógico que nuestro ideal sea deambular como un sultán, como un rico adinerado al que le sobra de todo y que de todo tiene. Sin embargo, hasta esto último es imposible, o poco recomendable...

La felicidad no es una cuestión de dinero, aunque el dinero ayude, evidentemente. El placer viene, inequívocamente, de sacar partido a lo que hacemos en cada momento. En ciertas oportunidades nos metemos en enredos, en dudas, en deseos, en partidas de dominó que no podemos ganar, fundamentalmente porque nos ponemos el listón más y más alto. Es una locura. En nuestro mundo competencial no pensamos que lo más importante es ser una buena persona: eso no tiene "peso", o, mejor dicho, no tiene peso económico. Los ideales de antaño, esa moralidad que ahora se confunde con religión, se han quedado atrás, y por ello no nos comprendemos, a veces, ni entre padres e hijos. La perspectiva de lealtad se pierde en el ocaso de una fantasía que ni siquiera se relata en los cuentos.

Afirmaba Quevedo que la mejor señal de que se es una buena persona es "ni tener ni deber". Algunos viven en esta contradicción, y, además, se quejan ante el psicólogo o el psiquiatra de que nadie los entiende, ni ellos mismos. La maldición de una conquista financiera trae más y más soledad, que es el mal endémico de nuestro tiempo. Los precios suben como locos, y las distancias entre el "bien-estar" y las posesiones nos invitan a una dinámica demente que nos atosiga sin que pensemos con claridad. No lo hacemos.

Por la mejora interior

Caemos en la cuenta, a menudo, sobre este despropósito, y nos decimos que vamos a cambiar, pero no lo hacemos. En el fondo somos como niños: queremos más y más, y no cejamos en este empeño inútil. Manuel Kant nos invitaba a una mejora interna con su "atrévete a pensar por tu cuenta", pero no lo efectuamos. Somos unos auténticos majaderos que, como en el Retablo de las Maravillas de Cervantes, decimos lo que conviene reseñar, aunque veamos otra cosa. Mi adorada Bonnie Tyler resalta que "no es tan importante ser siempre número uno", sobre todo, añado yo, porque el coste es muy elevado, demasiado.

Nos cubrimos con sábanas de desconocimiento, de ignorancia atrevida, de modernidad mal entendida, y nos ponemos a desayunar un día y otro con la aceptación por montera. Parafraseando a Susan Sontag, es evidente que "tanto horror nos hace insensibles": insensibles con los demás, con los hermanos, con los compañeros, con los padres, con los amigos... Queremos la plenitud de los tiempos en nuestro tiempo, y no entendemos que el futuro y su cosecha son siempre relativos, como apuntaba Einstein.

Todos querríamos ser verdaderos maestros, pero lo mejor es reconocer que cada cual se debe ocupar de lo suyo, de lo que sabe. La sencillez y la pureza de las cosas son el mejor bastión para caminar ligero de equipaje, que diría el poeta. Lo malo es que la tentación, como en la película, vive arriba, o, quizá, en todas partes. La renuncia a la prisa y a la conquista de usar y tirar ha de figurar en el frontispicio de nuestras existencias. La frustración viene de mucho ansiar. Nuestra enfermedad procede de quererlo todo. Frecuentemente, olvidamos que todo se queda aquí. Gastemos la energía en amar. Reiteremos que la felicidad proviene de tener clara la diferencia entre ser y tener.

Juan Tomás Frutos.

domingo, 20 de octubre de 2013

Niveles

            Comprendemos poco lo que leemos, muy poco, y tampoco nos enteramos mucho, como sociedad, y probablemente tampoco individualmente, cuando hablamos de matemáticas. Lo dice el último estudio de la OCDE referente a las capacidades educativas del grupo de población que oscila entre los 16 y los 65 años.  El análisis ofrece los resultados de un total 23 países, a los que se les supone, porque así es, que viven avances económicos y de bienestar que no parecen andar parejos a las cuestiones formativas. Las alarmas, como siempre ocurre en estos casos, vuelven a sonar.

            Suelo decir que están las verdades, las mentiras, y las estadísticas, que constantemente nutren los sesudos libros que explican el mundo. No obstante, convengo con el estudio de la OCDE que hay un problema educativo de fondo, importante, y no sólo en España, sino también en muchos de los Estados del llamado Primer Mundo. Se resalta a menudo que el problema de la educación en nuestro país no es nuevo: lo que emerge de lo que estamos reseñando no es otra cuestión que la falta de una interiorización real acerca de la importancia que tiene el conocimiento en una sociedad moderna.

            El progreso suele ser proporcional a la capacidad de fomentar sapiencia en un contexto determinado. O debería. Las cifras de docencia que manejamos no andan por ahí, lamentablemente. Parece que los recursos no van donde deberían o no fructifican de la guisa que nos agradaría.

            Sí, el problema social, el auténtico problema, es el destino, fin o resultado de los finitos elementos (por la crisis, los recursos son los que son). No siempre los utilizamos para lo más beneficioso, y, en ocasiones, en muchas, lo que sucede es que no les sacamos el suficiente partido, lo cual parece incongruente, al repetirse una y otra vez que no contamos con todos los necesarios.

            Subrayemos que el concepto de nivel es relativo, y ambiguo. Se refiere a varias cuestiones. Hablamos, en una cierta dirección interpretativa, o debemos, de estadios, de etapas, de alturas, pero siempre desde la premisa de la igualdad. Hemos repetido, y no nos cansaremos de hacerlo, que todos estamos, o deberíamos, en los mismos niveles de respeto y de consideración en ámbitos como son la educación o la sanidad. No puede, no debe, haber gentes que a priori estén por encima o por debajo en lo que concierne a los mínimos de actuación ante cualquier contingencia.

La educación es todo

            El asunto de la educación, que es todo en la vida, es harto complejo, y lo es porque no es fácil que nos pongamos de acuerdo sobre lo que significa y hasta dónde. El aprendizaje es un concepto de búsqueda de la plenitud desde el equilibrio y la dicha, aunque suene un poco, o un mucho, a tópico. Nos manifestamos educados no únicamente por las ideas y por los hechos que albergamos y podemos rescatar en un momento determinado, sino por las capacidades de entendimiento y de llegar a los otros que podamos tener y/o fomentar.

            Asimismo, es verdad que las teorías son básicas, que las visiones prácticas de la literatura y de las matemáticas son determinantes para concebir el mundo y lo que éste implica para las diferentes etapas del ser humano. Por eso hemos de bregar porque se sepan, para que se conozcan. Los datos, sin duda, hay que mejorarlos. Debemos subir una escalera que, de momento, nos deja en evidencia.

            Además, hemos de crecer como personas, desde el propósito de la igualdad real, donde no sólo importen los niveles académicos, sino también los de otra índole: hablamos de vivienda, de salud, de alimentación, de opciones…

            La vida para algunos es una cuestión de niveles. Puede que tengan algo de razón, o mucha razón, pero igualmente lo es de perspectivas, de tonalidades, que hemos de percibir y procurar que se prodiguen con la mejor intención. Disponer el camino, aventurando los problemas, es ya un primer paso para caminar hacia esas metas en las que los niveles no sean tan dispares.

Juan TOMÁS FRUTOS.

viernes, 11 de octubre de 2013

Reciclajes

Las etapas de crisis nos llevan a aprovechar todo, o deberíamos. Nada que pueda ser utilizado, o reutilizado, o arreglado para volver a usarse, debe ser abandonado o tirado como inservible. Podemos seguir disfrutando de muchos enseres. Hemos marcado rutas en los últimos tiempos para el reciclaje del papel, del cartón, del vidrio, del hierro, de metales más o menos preciados y de artilugios que, una vez reparados, operan como nuevos. Así es.

Parece, este proceso o fenómeno del reciclaje, algo nuevo, pero no lo es. Siempre se ha optimizado todo lo existente, y, de esta guisa, los productos parecían durar una eternidad, hasta el punto que heredábamos no sólo ropa, sino también muebles, y materiales propios de los más diversos oficios. A todo lo conservable se le daba continuidad.

Nuestros padres y abuelos saben de lo que hablo. Ahora parece que volvemos a eso, lo cual no es esencialmente malo, si lo que conservamos, si lo que ahorramos, redunda en cuestiones cruciales para la sociedad, como el medio ambiente, la educación y la propia salud.  El reciclaje, como la economía del canje o el intercambio, es básico para la prosperidad social. Cuando derrochamos o malgastamos todos perdemos, aparte de la contaminación que también gestamos.

Abundando en esto, pensemos que, en verdad, el reciclaje va más allá: no es únicamente sobre algo tangible. Necesitamos permanentemente una cierta formación, un  conocimiento interrelacionado para que nuestras visualizaciones avancen desde la entrega y la recepción de pareceres.

Bajo esta interpretación, todos estamos llamados a reciclarnos, a mejorar, a conocer más y a transformar aquellas opiniones o ideas que puedan resultar equívocas, esquivas o modificables ante las nuevas circunstancias que nos traigan las más diversas etapas por las que atravesamos.

Debemos adaptarnos o morir, según reza el aserto, pero, además, hemos de modificar las posturas desde planteamientos de honestidad y de avance social. Hemos de realizar balances que nos permitan e inviten a la prosperidad coaligada y solidaria, esto es, la que proviene de la paz surgida desde la justicia.

Entendamos, por favor, esta precisa mutación desde el esfuerzo y el empeño por seguir adelante, por el progreso, por transformarnos para ser personas más honradas, generosas, altruistas y, en esencia, buenas. Debemos contribuir con altura de miras a elevar nuestras fuerzas, nuestras capacidades neuronales, así como la resistencia ante los avatares, potenciando las opciones de futuro desde el punto de vista intelectual.

Crecer socialmente

El reciclaje, por otro lado, no es sólo cambiar. También puede demandarse por la necesidad de volver a ser. La infancia y la adolescencia son referencias que a menudo olvidamos en un desván sin cultivar ni proteger. Hemos de darle una vuelta a lo que sentimos, a lo que somos, experimentando amor y querencia real respecto de lo que realizamos y con el ánimo profundo de potenciar el bienestar social.

Romper barreras no es fácil. Todos tendemos a mantener lo establecido. Por eso advertimos nuestras verdaderas capacidades cuando nos topamos con situaciones comprometidas y adversas.  Crecemos ante lo imprevisto, frente los obstáculos, que nos hacen demostrarnos cuanto somos y por qué. Nos vamos haciendo maduros con los pequeños y grandes golpes, con los estadios que suponen cambios radicales o livianos, con las premuras y las detenciones que nos trasladan al nerviosismo, para que luego veamos que todo va teniendo arreglo.

El tiempo nos regala perspectiva. Eso sí: hemos de fomentar el lado del coraje. Debemos aumentar la capacidad de respuesta ante las incertidumbres o dudas. Hemos de ser asertivos ante la vida y sus condiciones y condicionantes, con sus protagonistas, perfilando pausas y puntos de apoyo, frecuentando ideales que apuesten por el optimismo, y persiguiendo ese reciclaje que equivale a frescura y buen hacer.

Debemos divisar a menudo el horizonte, y, desde una enorme capacidad de sorpresa, plantearnos qué mejorar como personas, como profesionales, en familia, en comunidad, en sociedad, y, fundamentalmente, nos hemos de resaltar y, aún más, confirmar que es posible ser feliz. Si puntualmente no lo somos, nos hemos de reciclar una y otra vez, sí, sin dañar nada ni a nadie, únicamente construyendo.

Juan TOMÁS FRUTOS.

domingo, 6 de octubre de 2013

Olvidos

La vida está llena de encuentros, de opciones, de hallazgos, pero también de olvidos, de pequeños y grandes olvidos. Sin darnos cuenta, dejamos atrás unos estudios que no cuidamos, no rememoramos ese trabajo que jamás llegó, y también queda en la nebulosa aquella mujer o aquel hombre que nos amó y que permanece anulado por el paso del tiempo, así como “guardamos” unas cuantas ilusiones, unos inciertos amigos, unos numerosos conocidos, a la par que unos elementos de dicha… sin que los podamos localizar. Nos decimos, de vez en cuando, que no hay tiempo para ello. Las oportunidades en ese mundo que hay fuera, parafraseando a Rosales, o dentro, que nos diría Teresa de Jesús, pueblan los universos que nos envuelven con sus mantos coloridos.

Podemos contabilizar, en lo cotidiano, olvidos de todo tipo, algunos de ellos cercanos. Hay sueños que quedaron en la libreta de bachillerato, o en una carta de amor que nunca salió de nuestro escritorio, y que ahora no sabemos si existe, ni dónde, y puede que tampoco el porqué. Aletean en alguna parte alegrías y dolores que quedaron atrás, en esa búsqueda del no riesgo para no sufrir. ¡Qué paradoja! Hemos incluso perdido esas enormes ganas de comernos el cosmos de nuestro entorno, que estaba siempre repleto de sustancias gustosas. Parece no haber ni apetito.

Nos han vendido, y hemos comprado, ese hábito de atar todo para no tener nada. Necesitamos costumbres que nos den sosiego, aunque éste no nos dé siempre la dicha, sobre todo cuando no hemos defendido y/o disfrutado de la justicia (no hemos sabido, podido o querido), por la que siempre hemos de bregar. A veces, esto también se olvida, en aras de lo establecido, de lo que funciona, de lo colectiva o socialmente correcto.

Olvidamos también la importancia de la educación, del esfuerzo personal y de conjunto, de la honestidad, de la decencia, de no hacer daño a los otros, de ayudar, de dejarnos llevar por la jovialidad y el optimismo… Hemos de pensar igualmente en los que menos tienen, en los que andan solos, en los que no saben o no pueden de verdad, en los que tienen ocasiones que no aprovechan, en los que jamás podrán tenerlas, en los que apenas ven la luz porque no interpretan sus bondades, en los que no albergan esperanzas… No deben ser nuestros olvidados.

Somos afectos

Hemos de preocuparnos de los últimos, que han de ser  los primeros, aunque sea por compensar otros ignotos azares. Debemos imprimirnos entusiasmo, que nunca ha de quedar en un cajón, pues es un maravilloso antídoto ante los avatares y sinsabores de la vida. Hemos de tener energías a mano ante los obstáculos. No dejemos en estadios, etapas, edades u hogares inexistentes esas pilas que precisamos frente a las frustraciones que nos puedan asaltar con sus vacilaciones pesadas.

No olvidemos jamás a los hermanos que nos necesitan, ni a los niños, ni a los mayores. Fuimos y seremos entre ellos. Nos gustaban sus conductas, y nos complacerán sus iniciativas futuras. Somos afectos, y hemos de cultivarlos. Meditemos sobre ello.

Hemos de poseer buena memoria para que lo cotidiano y sus rutinas, así como sus aspectos mordientes y agridulces, no nos rompan la sonrisa. Un día sin reír, leía en el muro de una amiga en Facebook, es un día perdido. Creo que citaba a Chaplin, pero, ante todo, aludía a lo más obvio. Hemos de ser sinceros con nosotros mismos, y tener presente cuál es nuestra vocación: la paz y la calma compartidas con el aprendizaje y el progreso.

Localizamos un peligro muy claro y patente en las sociedades actuales, que cuando no se preocupan de ganar mucho, se preocupan por ganar poco, y, en medio, quedan los que padecen los vaivenes en primera persona (son la mayoría), que ven que las crisis, además de cíclicas, son hirientes en la dignidad humana.

En esta experimentación de eventos lacerantes, en esta coyuntura/estructura en la que estamos pendientes del trabajo, de muchas tareas, de progresar o de involuciones, de éxitos o de fracasos, de tener o no tener, de importancias relativas, etc., se nos puede olvidar vivir, como rezaba aquella canción de mi infancia.

Ante todo, debemos demostrarnos que somos. No olvidemos que la existencia es eso que pasa mientras hacemos planes sobre ella. Es cierto que no aprendemos de miserias o errores ajenos, pero quizá convendría, tras lo ocurrido en los últimos años, que anduviéramos en pos de una mansedumbre mayor, de plazos más cómodos, y de caminos más equilibrados y menos sinuosos. Resaltemos que todo principio tiene su fin, y que por el trecho está lo más importante: nuestra vida.

Juan TOMÁS FRUTOS.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Identidades

Recordaba una canción de mi infancia que su autor (cualquiera de nosotros) no había encontrado (todavía) lo que andaba buscando. Creo que era de U2. Tenía más dudas, pero entiendo que ésta era de las principales. Saber quiénes somos y a dónde vamos tiene mucho que ver con búsquedas, aunque es verdad que la mayoría de las veces lo que realizamos, como le ocurría al pintor Picasso, es encontrar, no sé si por casualidad o causalidad.

            El esfuerzo está ahí. Hay un compromiso diario de cientos, de miles, de millones de personas para salir adelante, para avanzar, para que las cuestiones más o menos rutinarias, fundamentales o no, operen con normalidad, sin estridencias, sin soledades. Todos lo intentamos.

            Un excelente ponente en una interesante mesa redonda nos recalcaba que, hoy en día, lo importante es que trabajemos sobre perfiles profesionales, que nos vayamos haciendo a nosotros mismos conforme a una voluntariosa formación y persiguiendo el atractivo de aquello que nos gusta y complace, lo cual, insistía, constituirá un extraordinario complemento en el aprendizaje obtenido.

            Repetía Aristóteles la necesidad de conocernos a nosotros mismos. Si no somos capaces de afirmar lo que nos pasa, lo que nos sucede, lo que pensamos, difícilmente podremos poner coto a aquello que nos pueda hacer daño o que suponga dilación o impedimento. Tampoco podremos fomentar lo que nos engrandece u otorga dicha.

            Todo, sin ánimo de mostrar reduccionismo, es un problema de identificación. Hemos de conocer los obstáculos, lo que nos interesa, lo que nos entretiene, lo que nos aporta paz y conocimiento, lo que nos hace ser felices de verdad, en equilibrio, con mesura.

            No podemos mudar lo que no conocemos, lo que no es señalado en sus dimensiones y perspectivas. Diseñemos, pues, el entorno. Hemos de caracterizar lo que tenemos enfrente antes de ser actores respecto de lo que nos acontece. El aprendizaje ha de ser continuo.

                Un problema añadido de las identidades (de las que desarrollamos), porque como sociedades afortunadamente variopintas nos hemos empeñado en ello, nos puede venir por el hecho de desconocer, a conciencia o por falta de tiempo o afán, al otro, al prójimo, al que ostenta una presencia distinta a la nuestra. Los tópicos y los estereotipos juegan malas pasadas en este sentido, más de las que analizamos.

Percibir y comprender

                Debemos dispensarnos tiempo para comprender lo que nos ocurre. Hay tantas cosas que no salen bien, que no nos contentan, que apenas percibimos a los héroes que aún pululan por ahí en busca de mejorías perennes. Los hay. La intrahistoria precisa de reconocimientos para que no se ahogue en aspectos nimios. Hemos de saber identificar esos pequeños milagros que nos suceden, aunque no siempre les demos importancia, como es tener salud, trabajo, capacidad de enamorarnos y de saborear sensaciones, esto es, posibilidad de vivir. Como decía el recordado Paco Rabal en Pajarico (1997), “qué bien se está cuando se está bien”, pero, evidentemente, para valorarlo debemos vislumbrarlo previamente. Hemos de reconocer esas situaciones, aunque sean repetidas, que, por otro lado, es lo aconsejable, lo deseable.

            Parte de la crisis actual es por no haber sabido, en la desmesura, qué hacer y con quién, por no haber detenido la agria voluntad de crecer hasta el infinito, por no haber confiado y pensado en los demás, por no recordar que la medida de todas las cosas es el ser humano. No hemos identificado (no hemos querido) las prioridades, y, en consecuencia, no hemos sido capaces de defenderlas. Eso, en sí, es un gran problema. No nos hemos ayudado colectivamente a nosotros mismos. La felicidad que es un bien primario y prioritario se quedó para el día después, e incluso pensamos que vendría desde lo material. Por eso, al caer lo tangible todo ha sido tristeza. Asimismo, fuimos muy tolerantes con quienes se equivocaron a su exclusivo favor.

El consejo, sin ser amante de ellos, es que oteemos lo que nos reporta alegría propia y compartida (no puede ser de otro modo), y que defendamos esa actividad que nos puede mantener joviales como una prioridad básica. Si es de esta guisa, tal vez consigamos plenitud  para nuestro entorno inmediato, al que nos debemos. No hay otro camino que buscarnos desde la emotividad y la docencia de quienes son almas afines. Convivir y aguantar a las que no lo son es un síntoma de debilidad y de fracaso. Por esa razón es tan importante saber, como ya se ha anotado, quiénes somos, a dónde vamos, con quiénes, por qué, y qué cambios son precisos ante los equívocos o desganas. En parte, todo se resume en esa mirada que busca una identidad similar.

Juan TOMÁS FRUTOS.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Voracidad

            La vida es un cabaret. Parecía una frase medio de ensueño que se cantaba en aquella película que se tomaba la vida como una tragicomedia. Lo cierto es que la realidad, por desgracia, supera la ficción. La existencia es un auténtico espectáculo (para lo bueno, y para lo malo).

            Todo lo que se vende en esta “globalización” es un conflicto latente, una sonrisa y un dolor, una pugna, una estridencia con morbo, con el añadido del sensacionalismo, el amarillismo y las creencias desorbitadas... Es la moda que nos ha llevado a la crisis. Algo de estereotipo hay en estas afirmaciones estiradas y complementarias, que no contrapuestas, pero también subyace una gran verdad, una triste verdad.

            La pena, la fragmentación, los golpes de la vida, no solo nos asustan: igualmente atraen. Son fuerzas paradójicas, difíciles de interpretar, pero que ahí están, y nos definen, como refería, para lo bueno y para lo malo, en todo cuanto nos ocurre, que salta por los aires por los excesos que cometemos.

            Vamos a un ejemplo. Un hombre decide quitarse la vida, y se articula un espectáculo en un santiamén, donde no falta nadie. Los medios hacen un enorme despliegue de su poderío técnico y colocan sus miradas hasta donde haga falta. Y ojos no faltan, por desgracia. Lo malo es que están en ese preciso momento, y no antes, ni estarán después. Las intrahistorias son tan normales como carentes de atractivo. Venden poco. La existencia rutinaria no interesa, ni siquiera la mala, salvo que nos porte al estado de excepción, que genera las más pésimas consecuencias. Éstas albergan la suficiente cuota de crueldad (nadie se plantea la injusticia de la desesperación) para dominar diarios, pantallas y audiencias, que se presentan en su antropología más pétrea.

            Por desgracia, hemos convertido la historia humana en una singladura excesivamente compleja que nos invita a que, casi narcotizados por los tópicos y las urgencias, no nos planteemos respuestas ante las preguntas de cada jornada.  Detrás de toda derrota, de todo sufrimiento, de toda ignominia, de acusaciones falsas, de secuestros, de censuras, de rupturas, de desamores, de desencuentros, de guerras, de enfermedades, de tropiezos, de desigualdades, de ganancias injustas, de pérdidas… hay “seres únicos” que sufren, que padecen, que tienen derechos, que aspiran a más ocasiones, a una oportunidad añadida y dichosa, a saborear, por fin, la franqueza y el buen gusto.

            Cuando decidimos caminar desde las antipatías, desde los verbos y gestos malsonantes, malolientes, nefastos en definitiva, desconectamos lo más profundamente humano que tenemos, lo que nos justifica en una estirpe excepcional de la Naturaleza, en una raza hermosa entre las realezas de la Creación. Renunciamos a ello, cuando no nos tratamos convenientemente, cuando nos despreciamos, cuando nos quitamos alegrías, cuando no apoyamos al prójimo, a aquellos que nos podrían aportar auténtica dicha.

Dignificarnos

            Seguramente deberíamos hacer un repaso a las situaciones que contemplamos en lo cotidiano, o bien toleramos o hasta fomentamos en la sociedad actual, que vive crisis esperpénticas de un tamaño tal que a muchos falta lo elemental. Deberíamos realizar todo aquello que nos pueda dignificar como seres inteligentes. Buscar un reequilibrio de fuerzas y de energías es una prioridad. Si lo hacemos, mucho de cuanto se desarrolla a nuestro alrededor nos complacerá, porque habrá mudado para mejor.

            Dicen que los medios son un espejo de la realidad. Oteemos lo que ofrecen. Puede que aunque nos sorprenda, en algunos casos la consabida realidad supere a la ficción o a supuestas elucubraciones. No se trata de hallar culpables, o sí, pero lo más inmediato es encontrar soluciones.

            El show debe continuar, repetía la canción de Freddie Mercury. Siempre debe seguir. La sugerencia, casi obligación, es experimentar una transformación tranquila para progresar. La verdad duele. No se trata de cambiar la interpretación de la certeza, como intentan algunos, sino lo que acontece, para que la auténtica realidad sea otra más óptima para todos. Lo curioso es que podríamos.

Juan TOMÁS FRUTOS.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Clanes

Creo en la fuerza del grupo, en las mayores opciones que tenemos cuando actuamos en comandita, como conjunto, que puede más que la individualidad. Siempre he hecho ese análisis interpretativo: no he hallado hasta ahora motivos para cambiar de opinión en este aspecto.

No obstante, entiendo que debe quedar claro que la pertenencia a un sector no ha de ser una condición absoluta y ciega de defensa de unos criterios frente a los demás. Las oportunidades vienen de la libertad, de la independencia, de la autonomía personal y de la sociedad para tomar determinados caminos, para mudarlos, para modificar las actitudes que no dan resultados o que puedan estar equivocadas. Rectificar, dice el aserto, es de sabios.

Ciertamente estamos en una etapa de defensa de los que andan en los mismos grupos sin tener presentes sus razones (no siempre), sus carestías, sus conocimientos o sus posibles aciertos. Se cumple aquello de “con los míos con razón o sin ella”. Entiendo que se proteja a nivel afectivo a aquellos que se encuentran en idéntico trecho vital, pero eso, así lo perfilo al menos, no significa que podamos sostener lo que no es defendible. Tampoco ayudamos a los nuestros con esta postura, con esa protección supuestamente justificada.

Amigos hemos de tener para acompañar y para que nos acompañen, pero no les hacemos ningún favor, ni siquiera a ellos, y mucho menos a nosotros, cuando cimentamos la relación sobre ladrillos que no tienen ni base ni altura. Pueden que estén en nuestro barco, pero cuando se distancian con sus acciones hemos de cambiar el rumbo y no quedarnos a su lado, salvo para que no se sientan solos en el plano espiritual, o para que mejoren.

Es una desgracia enorme que muchos grupos se mantengan diciendo y haciendo lo que no es ni coherente no cohesionador. La credibilidad viene dada por la superación de esos apegos que no alumbran verdaderamente los itinerarios conjuntos. Hemos de ejercer la democracia en lo interno y en lo externo, en lo pequeño y en lo global.

Los clanes cerrados, ésos que no admiten más gentes, los que no oxigenan sus actos y sus pensamientos, acaban pudriéndose y corrompiendo al sistema, pues rompen las reglas más elementales y lógicas de la convivencia, de la pluralidad, de la honestidad, de la libertad, ya antedichas, y de los buenos quehaceres.

Quizá por eso se propone en algunos ámbitos el reciclaje periódico de responsables y elementos estratégicos dentro de todo modelo, de cualquier sistema o situación, que, por bien que funcione, acaba por vivir rutinas y protocolos que se hacen menos rentables en todos los niveles precisamente porque es más fácil (menos problemático) la continuidad que el cambio, al que le tenemos o bien miedo o, cuando menos, una determinada resistencia.

Estereotipos

Los estigmas que nos colocan, o que ubicamos en otros, con los que llenamos de estereotipos sociales, económicos, políticos, etc., a los miembros y entidades de una comunidad cualquiera, entorpecen el entendimiento para las transformaciones que se puedan o deban producir, que quedan apagadas o ralentizas, o hasta paradas, por la intervención de aquellos que se conexionan con las piezas más altas.

Los clanes generan lazos y estimulan la permanencia y la pervivencia, lo cual es óptimo, pero también, cuando no hay un claro liderazgo, o cuando se producen excesivas ataduras a los estadios técnicos intermedios o hacia actos o hechos dirigidos a la continuidad del orden necesitado de mejorías, pueden estropear ese destino de felicidad al que tenemos derecho.

Vivimos momentos complejos, de falta de valores, de ausencia de personalidades de peso en cuanto a su inteligencia y cariño. Es una etapa de crisis que nos fragmenta aún antes de intentar lo que ha de tener futuro. Vivir en comandita está bien, pero para que sea ideal hemos de añadir el plus de no ser sectarios ni fanáticos de los nuestros, a quienes no ayudamos cuando les damos la razón sin poseerla. No olvidemos que las trincheras producen incomunicación, y con ésta no se generan verdaderas soluciones a los problemas actuales.

Juan TOMÁS FRUTOS.