viernes, 25 de octubre de 2013

La felicidad, entre el ser y el tener

La felicidad viene siempre de una actitud: se consigue cuando aceptamos que las cosas son como son, que tenemos lo que tenemos, que la vida sigue su curso, a pesar de nuestra visión personal. Eso no quita el esfuerzo por la mutación, por el cambio, por la búsqueda de lo positivo. Cumplido el intento, incluso cuando tiene que ser reiterado, no podemos torturarnos por aquello que vemos cada jornada, o que sufrimos...

Es cierto que, a menudo, la suerte no viene de cara. La desgracia busca, de vez en cuando, nuestro nombre, y hasta se ceba con nosotros. Al menos, eso es lo que parece en esos instantes. Nunca pensamos que, puestos a elegir, si pudiéramos, hay males mayores, claro. La perfección no existe, ni siquiera por accidente. No obstante, en ocasiones, nos torturamos con el deseo de que se manifieste en nuestras existencias.

El ser humano, que es ambicioso por naturaleza, no siempre calcula, no siempre calculamos, lo que nos conviene, lo que podría ser aceptablemente deseable. No lo hacemos. Queremos más y más, y así nos arruinamos el particular devenir con molestias sin un sentido níveo. Es lógico que nuestro ideal sea deambular como un sultán, como un rico adinerado al que le sobra de todo y que de todo tiene. Sin embargo, hasta esto último es imposible, o poco recomendable...

La felicidad no es una cuestión de dinero, aunque el dinero ayude, evidentemente. El placer viene, inequívocamente, de sacar partido a lo que hacemos en cada momento. En ciertas oportunidades nos metemos en enredos, en dudas, en deseos, en partidas de dominó que no podemos ganar, fundamentalmente porque nos ponemos el listón más y más alto. Es una locura. En nuestro mundo competencial no pensamos que lo más importante es ser una buena persona: eso no tiene "peso", o, mejor dicho, no tiene peso económico. Los ideales de antaño, esa moralidad que ahora se confunde con religión, se han quedado atrás, y por ello no nos comprendemos, a veces, ni entre padres e hijos. La perspectiva de lealtad se pierde en el ocaso de una fantasía que ni siquiera se relata en los cuentos.

Afirmaba Quevedo que la mejor señal de que se es una buena persona es "ni tener ni deber". Algunos viven en esta contradicción, y, además, se quejan ante el psicólogo o el psiquiatra de que nadie los entiende, ni ellos mismos. La maldición de una conquista financiera trae más y más soledad, que es el mal endémico de nuestro tiempo. Los precios suben como locos, y las distancias entre el "bien-estar" y las posesiones nos invitan a una dinámica demente que nos atosiga sin que pensemos con claridad. No lo hacemos.

Por la mejora interior

Caemos en la cuenta, a menudo, sobre este despropósito, y nos decimos que vamos a cambiar, pero no lo hacemos. En el fondo somos como niños: queremos más y más, y no cejamos en este empeño inútil. Manuel Kant nos invitaba a una mejora interna con su "atrévete a pensar por tu cuenta", pero no lo efectuamos. Somos unos auténticos majaderos que, como en el Retablo de las Maravillas de Cervantes, decimos lo que conviene reseñar, aunque veamos otra cosa. Mi adorada Bonnie Tyler resalta que "no es tan importante ser siempre número uno", sobre todo, añado yo, porque el coste es muy elevado, demasiado.

Nos cubrimos con sábanas de desconocimiento, de ignorancia atrevida, de modernidad mal entendida, y nos ponemos a desayunar un día y otro con la aceptación por montera. Parafraseando a Susan Sontag, es evidente que "tanto horror nos hace insensibles": insensibles con los demás, con los hermanos, con los compañeros, con los padres, con los amigos... Queremos la plenitud de los tiempos en nuestro tiempo, y no entendemos que el futuro y su cosecha son siempre relativos, como apuntaba Einstein.

Todos querríamos ser verdaderos maestros, pero lo mejor es reconocer que cada cual se debe ocupar de lo suyo, de lo que sabe. La sencillez y la pureza de las cosas son el mejor bastión para caminar ligero de equipaje, que diría el poeta. Lo malo es que la tentación, como en la película, vive arriba, o, quizá, en todas partes. La renuncia a la prisa y a la conquista de usar y tirar ha de figurar en el frontispicio de nuestras existencias. La frustración viene de mucho ansiar. Nuestra enfermedad procede de quererlo todo. Frecuentemente, olvidamos que todo se queda aquí. Gastemos la energía en amar. Reiteremos que la felicidad proviene de tener clara la diferencia entre ser y tener.

Juan Tomás Frutos.

domingo, 20 de octubre de 2013

Niveles

            Comprendemos poco lo que leemos, muy poco, y tampoco nos enteramos mucho, como sociedad, y probablemente tampoco individualmente, cuando hablamos de matemáticas. Lo dice el último estudio de la OCDE referente a las capacidades educativas del grupo de población que oscila entre los 16 y los 65 años.  El análisis ofrece los resultados de un total 23 países, a los que se les supone, porque así es, que viven avances económicos y de bienestar que no parecen andar parejos a las cuestiones formativas. Las alarmas, como siempre ocurre en estos casos, vuelven a sonar.

            Suelo decir que están las verdades, las mentiras, y las estadísticas, que constantemente nutren los sesudos libros que explican el mundo. No obstante, convengo con el estudio de la OCDE que hay un problema educativo de fondo, importante, y no sólo en España, sino también en muchos de los Estados del llamado Primer Mundo. Se resalta a menudo que el problema de la educación en nuestro país no es nuevo: lo que emerge de lo que estamos reseñando no es otra cuestión que la falta de una interiorización real acerca de la importancia que tiene el conocimiento en una sociedad moderna.

            El progreso suele ser proporcional a la capacidad de fomentar sapiencia en un contexto determinado. O debería. Las cifras de docencia que manejamos no andan por ahí, lamentablemente. Parece que los recursos no van donde deberían o no fructifican de la guisa que nos agradaría.

            Sí, el problema social, el auténtico problema, es el destino, fin o resultado de los finitos elementos (por la crisis, los recursos son los que son). No siempre los utilizamos para lo más beneficioso, y, en ocasiones, en muchas, lo que sucede es que no les sacamos el suficiente partido, lo cual parece incongruente, al repetirse una y otra vez que no contamos con todos los necesarios.

            Subrayemos que el concepto de nivel es relativo, y ambiguo. Se refiere a varias cuestiones. Hablamos, en una cierta dirección interpretativa, o debemos, de estadios, de etapas, de alturas, pero siempre desde la premisa de la igualdad. Hemos repetido, y no nos cansaremos de hacerlo, que todos estamos, o deberíamos, en los mismos niveles de respeto y de consideración en ámbitos como son la educación o la sanidad. No puede, no debe, haber gentes que a priori estén por encima o por debajo en lo que concierne a los mínimos de actuación ante cualquier contingencia.

La educación es todo

            El asunto de la educación, que es todo en la vida, es harto complejo, y lo es porque no es fácil que nos pongamos de acuerdo sobre lo que significa y hasta dónde. El aprendizaje es un concepto de búsqueda de la plenitud desde el equilibrio y la dicha, aunque suene un poco, o un mucho, a tópico. Nos manifestamos educados no únicamente por las ideas y por los hechos que albergamos y podemos rescatar en un momento determinado, sino por las capacidades de entendimiento y de llegar a los otros que podamos tener y/o fomentar.

            Asimismo, es verdad que las teorías son básicas, que las visiones prácticas de la literatura y de las matemáticas son determinantes para concebir el mundo y lo que éste implica para las diferentes etapas del ser humano. Por eso hemos de bregar porque se sepan, para que se conozcan. Los datos, sin duda, hay que mejorarlos. Debemos subir una escalera que, de momento, nos deja en evidencia.

            Además, hemos de crecer como personas, desde el propósito de la igualdad real, donde no sólo importen los niveles académicos, sino también los de otra índole: hablamos de vivienda, de salud, de alimentación, de opciones…

            La vida para algunos es una cuestión de niveles. Puede que tengan algo de razón, o mucha razón, pero igualmente lo es de perspectivas, de tonalidades, que hemos de percibir y procurar que se prodiguen con la mejor intención. Disponer el camino, aventurando los problemas, es ya un primer paso para caminar hacia esas metas en las que los niveles no sean tan dispares.

Juan TOMÁS FRUTOS.

viernes, 11 de octubre de 2013

Reciclajes

Las etapas de crisis nos llevan a aprovechar todo, o deberíamos. Nada que pueda ser utilizado, o reutilizado, o arreglado para volver a usarse, debe ser abandonado o tirado como inservible. Podemos seguir disfrutando de muchos enseres. Hemos marcado rutas en los últimos tiempos para el reciclaje del papel, del cartón, del vidrio, del hierro, de metales más o menos preciados y de artilugios que, una vez reparados, operan como nuevos. Así es.

Parece, este proceso o fenómeno del reciclaje, algo nuevo, pero no lo es. Siempre se ha optimizado todo lo existente, y, de esta guisa, los productos parecían durar una eternidad, hasta el punto que heredábamos no sólo ropa, sino también muebles, y materiales propios de los más diversos oficios. A todo lo conservable se le daba continuidad.

Nuestros padres y abuelos saben de lo que hablo. Ahora parece que volvemos a eso, lo cual no es esencialmente malo, si lo que conservamos, si lo que ahorramos, redunda en cuestiones cruciales para la sociedad, como el medio ambiente, la educación y la propia salud.  El reciclaje, como la economía del canje o el intercambio, es básico para la prosperidad social. Cuando derrochamos o malgastamos todos perdemos, aparte de la contaminación que también gestamos.

Abundando en esto, pensemos que, en verdad, el reciclaje va más allá: no es únicamente sobre algo tangible. Necesitamos permanentemente una cierta formación, un  conocimiento interrelacionado para que nuestras visualizaciones avancen desde la entrega y la recepción de pareceres.

Bajo esta interpretación, todos estamos llamados a reciclarnos, a mejorar, a conocer más y a transformar aquellas opiniones o ideas que puedan resultar equívocas, esquivas o modificables ante las nuevas circunstancias que nos traigan las más diversas etapas por las que atravesamos.

Debemos adaptarnos o morir, según reza el aserto, pero, además, hemos de modificar las posturas desde planteamientos de honestidad y de avance social. Hemos de realizar balances que nos permitan e inviten a la prosperidad coaligada y solidaria, esto es, la que proviene de la paz surgida desde la justicia.

Entendamos, por favor, esta precisa mutación desde el esfuerzo y el empeño por seguir adelante, por el progreso, por transformarnos para ser personas más honradas, generosas, altruistas y, en esencia, buenas. Debemos contribuir con altura de miras a elevar nuestras fuerzas, nuestras capacidades neuronales, así como la resistencia ante los avatares, potenciando las opciones de futuro desde el punto de vista intelectual.

Crecer socialmente

El reciclaje, por otro lado, no es sólo cambiar. También puede demandarse por la necesidad de volver a ser. La infancia y la adolescencia son referencias que a menudo olvidamos en un desván sin cultivar ni proteger. Hemos de darle una vuelta a lo que sentimos, a lo que somos, experimentando amor y querencia real respecto de lo que realizamos y con el ánimo profundo de potenciar el bienestar social.

Romper barreras no es fácil. Todos tendemos a mantener lo establecido. Por eso advertimos nuestras verdaderas capacidades cuando nos topamos con situaciones comprometidas y adversas.  Crecemos ante lo imprevisto, frente los obstáculos, que nos hacen demostrarnos cuanto somos y por qué. Nos vamos haciendo maduros con los pequeños y grandes golpes, con los estadios que suponen cambios radicales o livianos, con las premuras y las detenciones que nos trasladan al nerviosismo, para que luego veamos que todo va teniendo arreglo.

El tiempo nos regala perspectiva. Eso sí: hemos de fomentar el lado del coraje. Debemos aumentar la capacidad de respuesta ante las incertidumbres o dudas. Hemos de ser asertivos ante la vida y sus condiciones y condicionantes, con sus protagonistas, perfilando pausas y puntos de apoyo, frecuentando ideales que apuesten por el optimismo, y persiguiendo ese reciclaje que equivale a frescura y buen hacer.

Debemos divisar a menudo el horizonte, y, desde una enorme capacidad de sorpresa, plantearnos qué mejorar como personas, como profesionales, en familia, en comunidad, en sociedad, y, fundamentalmente, nos hemos de resaltar y, aún más, confirmar que es posible ser feliz. Si puntualmente no lo somos, nos hemos de reciclar una y otra vez, sí, sin dañar nada ni a nadie, únicamente construyendo.

Juan TOMÁS FRUTOS.

domingo, 6 de octubre de 2013

Olvidos

La vida está llena de encuentros, de opciones, de hallazgos, pero también de olvidos, de pequeños y grandes olvidos. Sin darnos cuenta, dejamos atrás unos estudios que no cuidamos, no rememoramos ese trabajo que jamás llegó, y también queda en la nebulosa aquella mujer o aquel hombre que nos amó y que permanece anulado por el paso del tiempo, así como “guardamos” unas cuantas ilusiones, unos inciertos amigos, unos numerosos conocidos, a la par que unos elementos de dicha… sin que los podamos localizar. Nos decimos, de vez en cuando, que no hay tiempo para ello. Las oportunidades en ese mundo que hay fuera, parafraseando a Rosales, o dentro, que nos diría Teresa de Jesús, pueblan los universos que nos envuelven con sus mantos coloridos.

Podemos contabilizar, en lo cotidiano, olvidos de todo tipo, algunos de ellos cercanos. Hay sueños que quedaron en la libreta de bachillerato, o en una carta de amor que nunca salió de nuestro escritorio, y que ahora no sabemos si existe, ni dónde, y puede que tampoco el porqué. Aletean en alguna parte alegrías y dolores que quedaron atrás, en esa búsqueda del no riesgo para no sufrir. ¡Qué paradoja! Hemos incluso perdido esas enormes ganas de comernos el cosmos de nuestro entorno, que estaba siempre repleto de sustancias gustosas. Parece no haber ni apetito.

Nos han vendido, y hemos comprado, ese hábito de atar todo para no tener nada. Necesitamos costumbres que nos den sosiego, aunque éste no nos dé siempre la dicha, sobre todo cuando no hemos defendido y/o disfrutado de la justicia (no hemos sabido, podido o querido), por la que siempre hemos de bregar. A veces, esto también se olvida, en aras de lo establecido, de lo que funciona, de lo colectiva o socialmente correcto.

Olvidamos también la importancia de la educación, del esfuerzo personal y de conjunto, de la honestidad, de la decencia, de no hacer daño a los otros, de ayudar, de dejarnos llevar por la jovialidad y el optimismo… Hemos de pensar igualmente en los que menos tienen, en los que andan solos, en los que no saben o no pueden de verdad, en los que tienen ocasiones que no aprovechan, en los que jamás podrán tenerlas, en los que apenas ven la luz porque no interpretan sus bondades, en los que no albergan esperanzas… No deben ser nuestros olvidados.

Somos afectos

Hemos de preocuparnos de los últimos, que han de ser  los primeros, aunque sea por compensar otros ignotos azares. Debemos imprimirnos entusiasmo, que nunca ha de quedar en un cajón, pues es un maravilloso antídoto ante los avatares y sinsabores de la vida. Hemos de tener energías a mano ante los obstáculos. No dejemos en estadios, etapas, edades u hogares inexistentes esas pilas que precisamos frente a las frustraciones que nos puedan asaltar con sus vacilaciones pesadas.

No olvidemos jamás a los hermanos que nos necesitan, ni a los niños, ni a los mayores. Fuimos y seremos entre ellos. Nos gustaban sus conductas, y nos complacerán sus iniciativas futuras. Somos afectos, y hemos de cultivarlos. Meditemos sobre ello.

Hemos de poseer buena memoria para que lo cotidiano y sus rutinas, así como sus aspectos mordientes y agridulces, no nos rompan la sonrisa. Un día sin reír, leía en el muro de una amiga en Facebook, es un día perdido. Creo que citaba a Chaplin, pero, ante todo, aludía a lo más obvio. Hemos de ser sinceros con nosotros mismos, y tener presente cuál es nuestra vocación: la paz y la calma compartidas con el aprendizaje y el progreso.

Localizamos un peligro muy claro y patente en las sociedades actuales, que cuando no se preocupan de ganar mucho, se preocupan por ganar poco, y, en medio, quedan los que padecen los vaivenes en primera persona (son la mayoría), que ven que las crisis, además de cíclicas, son hirientes en la dignidad humana.

En esta experimentación de eventos lacerantes, en esta coyuntura/estructura en la que estamos pendientes del trabajo, de muchas tareas, de progresar o de involuciones, de éxitos o de fracasos, de tener o no tener, de importancias relativas, etc., se nos puede olvidar vivir, como rezaba aquella canción de mi infancia.

Ante todo, debemos demostrarnos que somos. No olvidemos que la existencia es eso que pasa mientras hacemos planes sobre ella. Es cierto que no aprendemos de miserias o errores ajenos, pero quizá convendría, tras lo ocurrido en los últimos años, que anduviéramos en pos de una mansedumbre mayor, de plazos más cómodos, y de caminos más equilibrados y menos sinuosos. Resaltemos que todo principio tiene su fin, y que por el trecho está lo más importante: nuestra vida.

Juan TOMÁS FRUTOS.